Agregar valor en destino: el caso de un molino harinero que abrió su filial en el nordeste brasileño

El diálogo con René Mangiaterra, director del Molino Matilde, en el centro de la provincia de Santa Fe, no tiene desperdicios. El empresario explica los motivos que lo llevaron a montar un molino harinero en el estado de Piauí, en el nordeste brasileño, con el cual está operando desde principios de año. Veamos.

La empresa es la típica creada en las postrimerías del Siglo XIX por inmigrantes europeos, que traían el know how del negocio de la molienda de trigo, y a la fecha sigue siendo una pyme familiar. Sin embargo tiene algunas características particulares.

A pesar de tratarse de un molino de escala mediana, que procesa entre 60.000 y 70.000 toneladas de trigo por año, hace casi 20 años que tiene un pie puesto en la exportación. “Incluso a fines de los 90 defendimos negocios de exportación con uno o dos dólares de margen por tonelada”, recuerda el empresario en relación a la vocación por el mercado externo. En su página web, se informa que el 40% de lo producido se exporta.

Lo segundo distintivo es que se han organizado como multiplicadores de variedades de trigo y que realizan contratos con productores de la región para abastecerse de un trigo con calidades reológicas definidas. “Multiplicamos un grupo de cultivares de Klein, Buck e INTA, no necesariamente todos de grupo de calidad I, pero que nos da una mezcla ideal para obtener harinas de altísima calidad panadera”, sostiene Mangiaterra. “Luego realizamos contratos con productores, a los que entregamos la semilla, también les ofrecemos insumos con canje pizarra llena de Rosario a cosecha, y pago por la calidad del grano”, detalla el entrevistado.

Así las cosas, con una superficie contratada en torno a las 15.000 hectáreas, el molino se asegura la materia prima de la calidad necesaria para su proceso industrial.

 

El desembarco en Brasil

La mayor economía del Mercosur tiene características particulares en cuanto a su mercado del trigo y harina, debido a su extensión. Para los molinos del sur de Brasil, abastecer el mercado del Nordeste es como exportar a terceros países. Esa fue la ventana que vio Mangiaterra para darle gas a su proyecto.

El destino fue el estado de Piauí, lindante con Maranhao y donde la ciudad de Fortaleza, en Ceará, es la más importante de la región. Pero en Piauí (cuya capital es Teresina) no había un molino harinero, de manera que su instalación encuadraba en la categoría “industria pionera”.

“Esto genera beneficios fiscales muy importantes, como la exención del impuesto ICMS, de carácter estadual y que sería equiparable a nuestro IVA”, comenta Mangiaterra. Se trata de una exención que va declinando gradualmente hasta agotarse después de 20 años.

Pero no se trata de la única ventaja que vio para instalarse en la región. Allá, explica, los costos laborales son menores que en la Argentina y también es mucho más sencilla la cuestión administrativa. “Nada que ver con acá, donde tenemos 9 personas en la administración, de las cuales tres se ocupan solamente de gestionar toda la información que nos requieren los organismos públicos”, agrega.

En cambio, tras los incrementos tarifarios del año pasado, los costos de la energía son similares en ambos países. Por el contrario, allí resultan más económicos los costos vinculados a la logística. “Si acá despachar una bolsa de harina en un radio de 150 km nos cuesta 15 pesos, allá es el equivalente de entre 6 u 8 pesos“, aclara.

De manera que el negocio se arma enviando el trigo que se produce en Santa Fe, vía contenedores primero a Rosario y desde ahí por barco hasta un puerto cercano a Fortaleza, más exactamente el de Pécem, para finalmente llegar a 40 km de Teresina donde se emplaza el molino. Todo eso tiene un costo en torno a los 100 dólares por tonelada.

“En Fortaleza hay instalados tres molinos harineros, y si bien llegamos con el trigo unos dólares más caros, la calidad de nuestro producto nos permite competir muy bien en la región“, afirma Mangiaterra.

Un punto central es por qué optaron por instalar un molino harinero, con lo que ello implica (inversión, personal, costos fijos, etc.) en lugar de buscar ser proveedores de harina desde la Argentina. “El brasileño es muy nacionalista y siempre va a privilegiar algo hecho en su país que traído de afuera”, explica el empresario santafesino respecto de un valor intangible instalado en esa sociedad. De hecho, la puesta en marcha del molino, con capacidad para unas 60 toneladas diarias, genera más de 20 puestos de trabajo.

A mediano plazo, la idea es cuadruplicar el volumen de molienda, de la mano de socios estratégicos brasileños. Así, el pequeño molino harinero de Matilde se convierte en lo que en la jerga de los agronegocios se denomina una “transnacional de bolsillo”.