En 2016 la genética argentina volvió a reinar en el cultivo de trigo

Por Javier Preciado Patiño

El año que concluyó (2016) terminó siendo el segundo mejor en materia de inscripciones de nuevos cultivares de trigo, después de 2012. El año pasado se inscribieron ante el Instituto Nacional de Semillas 16 nuevas variedades, contra 11 en 2015 y 10 en 2014, quedando a solo un cultivar de la mejor marca de los últimos años, que fue 2012 cuando se registraron 17 variedades nuevas del cultivo.

Si bien desarrollar comercialmente un cultivar puede llevar entre 6 y 8 años, tal vez no sea casualidad que el despertar genético ocurra en simultáneo con la recuperación del área sembrada de la campaña 2016/17.

Pero la segunda buena noticia es que el 81% de las variedades inscriptas ante el INASE fueron desarrolladas localmente. Es que tras la llegada de la genética francesa, allá por fines de los 90, las introducciones desde el exterior habían ido ganando espacio frente a los desarrollos locales. La carrera por los rindes, de la mando del boom de tecnologías de protección vegetal, llevaron a que la genética local quedara opacada por la extranjera.

Llevó un tiempo que el germoplasma europeo se incorporara a lo mejor del argentino, de la mano del trabajo de nuestros fitomejoradores y sus empresas o instituciones. En 2016, solo 3 de los 16 cultivares inscriptos llegaron del exterior, uno de Brasil, otro de Francia y otro de los Estados Unidos.

En sentido inverso, el INTA dominó las inscripciones con un total de cinco nuevos cultivares (tres de propia obtención y dos obtenidos con las experimentales del MAA bonaerense), a los que se suman dos de Buck, dos de Klein, uno de Nidera, uno de Bioceres y otro de Limagrain. La expectativa para los tiempos que vienen es que las compañías locales consoliden la recuperación en materia de I+D, de la mano de un sistema más justo de recuperación de los derechos de propiedad intelectual implícitos en cada semilla.