La cadena porcina en alerta: en el primer bimestre ya se importó el 45% de todo 2015

Detengámonos por un momento en las estadísticas oficiales, que emanan del ahora ministerio de Agroindustria.
Entre 2003 y 2015 la faena porcina pasó de 1,8 a 5,0 millones de cabezas; las importaciones se redujeron de 44.600 a 7.000 toneladas, mientras que las exportaciones pasaron de 1.000 a 7.500 toneladas. Finalmente, el consumo promedio anual per capital trepó de 5,3 a 11,3 kilogramos.

Para cualquier actividad estos números serían fabulosos. Una producción que prácticamente se triplicó, un consumo que se duplicó, importaciones que se redujeron 85% y exportaciones, que aunque minúsculas, se multiplicaron por siete.
En el sector porcino, durante estos años, crecieron todos, grandes y chicos. Creció Paladini y la ACA, con su megaemprendimiento en San Luis, pero creció el productor de 50 madres, que encontró una buena oportunidad para agregarle valor a su maíz.

Con esta actividad -verdadera agroindustria de segundo escalón (en la tercera estaría la industria alimenticia), sustituimos importaciones, generamos empleo, ahorramos divisas y diversificamos la dieta de los argentinos. ¿Qué más se le puede pedir a la cadena porcina?

Pero ahora todo esto corre riesgo de volar por los aires.

En enero, los datos de Agroindustria, son que las importaciones porcinas treparon a 1.553 toneladas, versus 607 toneladas en enero de 2015, lo cual marca un incremento de 150%.

Todavía no hay datos oficiales sobre febrero, pero fuentes en la cadena porcina sostienen que alcanzaron las 1.700 toneladas. En febrero de 2015, las importaciones habían sido de 520 toneladas.

Si sumamos ambas cifras, en el primer bimestre del año ya tendríamos importaciones por 3.200 toneladas, que representan nada menos que el 45% de todo lo importado durante el año pasado.

Es evidente que las nuevas condiciones económicas y las políticas adoptadas están favoreciendo la importación en detrimento de la producción nacional.

Todavía son cifras pequeñas, que no llegan (eso quiero creer) a mover el equilibrio de la cadena.

Pero lo cierto es que mientras el maíz duplicó su valor entre noviembre y febrero, y la soja lo hizo en un 60%, el kilo vivo de capón apenas aumentó 16% al pasar de $14,5 a $16,9. Es claro también que esta brecha solo se puede absorber a base de resignar rentabilidad.

Los dirigentes de la Federación Agraria vienen alertando sobre la situación, diciendo que sus productores ya están liquidando los planteles de madres, y pidiendo medidas económicas como compensaciones (política que en su momento aplicó el ministro Roberto Lavagna), entre otras.

Por su parte, legisladores entrerrianos del massismo han solicitado tomar medidas frente a la creciente importación de productos alimenticios, entre ellos el cerdo, pero también el pollo y los cítricos, todos productos clave de la economía de la provincia mesopotámica.

Los dirigentes políticos del gobierno dicen que quieren que la Argentina sea “el supermercado del mundo”, pero si no se aplica una corrección rápida, apenas si seremos un almacén de barrio.

Hoy, las noticias sobre la marcha de las exportaciones de granos o subproductos de la industria del crushing son fantásticas.

Pero eso no puede ir en detrimento del resto de los eslabones de la cadena agroalimentaria nacional que en los últimos años apostó al agregado de valor y la transformación de las materias primas en manufacturas.