Es la carne, estúpido

La carne, que es la vacuna claramente, es un ícono de la argentinidad y por tanto trasciende largamente el mundo de lo agropecuario para meterse en el corazón de la política misma.

Desde la época de Rosas hasta el presente, la falta de carne (o tasajo en los años del saladero) y su correspondiente alto precio han sido un dolor de cabeza para los gobernantes, fueras conservadores, radicales o peronistas, elegidos democráticamente o llegados de facto.

Y el presidente Macri no iba a ser la excepción, más cuando su campaña se basó en la liberación del mercado, la eliminación de las retenciones y la devaluación del peso, con lo cual obtuvo un claro favoritismo de la comunidad agropecuaria, que en el caso de la pecuaria pasó años con el pie de la intervención sobre su cabeza.

Para el consumidor de la ciudad de Buenos Aires, estas medidas significaron pasar de pagar 80/90 pesos el kilo de roast beef  en octubre, a $120 en enero, en línea con el resto de los cortes. Así el flamante gobierno de Cambiemos se debate entre la misma espada y la misma pared que aquellos que lo precedieron: volver a pisar el mercado amenazando con el cierre de las exportaciones, que es, todavía, una herejía en el Evangelio PRO o intentar con recetas también remanidas.

El Paso Uno, de manual, es reunirse con las organizaciones de la cadena de ganados y carnes para pedirles que retrotraigan o contengan los precios. Pero la cadena está atomizada entre muchas organizaciones para un mismo nivel -consignatarios, frigoríficos, carniceros, criadores, engordadores-, todos echándose mutuamente la culpa por los aumentos.

El Paso Dos es anunciar que habrá una serie de medidas de estímulo para aumentar la producción, sosteniendo que dicho aumeno contendrá los precios, aunque no de forma inmediata. Habrá una foto de todos en la firma del acuerdo, que involucrará créditos blandos, aportes no reintegrales y toda la batería de medidas conocidas, contra el compromiso de la cadena, de aumentar la producción. Pero los tiempos políticos no son los del ciclo ganadero y esto se puede convertir en una bomba de tiempo.

De todas maneras, el ministro Ricardo Buryaile -encargado de lidiar con la cuestión mediática del asunto- ha jugado varias cartas arriesgadas. La primera fue decir que se podría importar carne de Uruguay. Más allá de si los números cierran o no, toca la sensibilidad de la cadena vacuna en su conjunto y retrotrae a la época de los Pollos de Mazzorin, que tuvieron el mismo objeto durante el gobierno del presidente Alfonsín. Recordemos que en 2010 era el mismo titular de la SRA, Hugo Biolcatti, quien se refería a la importación de carne (que no ocurrió) como una afrenta catastrófica para el país.

La alternativa, para nada superadora, fue salir a decir que los argentinos tenemos que comer menos carne. Enredado en su propio laberinto hasta sugirió que se podía aplicar la ley de competencia y apuntó a los supermercados, actores claramente en la órbita de la secretaría de Comercio y no de Agroindustria, lo que podría llevarlo a inmolarse políticamente en nombre de su cadena de pertenencia.

Por otra parte, la idea de no comer carne no es nueva. Varios gobiernos, entre ellos el del General Lanusse optaron por la veda, es decir la prohibición de vender carne al público. Lógico, no es una medida que se pueda sostener mucho en el tiempo.

Pero si esto fracasa y tampoco se puede cerrar la exportación, es factible usar la herramienta de precios máximos. No va a ser una experiencia muy feliz para el gobierno, pero otrora se ha usado y con relativa eficacia en periodos más largo de tiempo (pueden consultar a Moreno, incluso).

Los muchachos del gobierno tienen que leer la historia. Más tarde o más termprano alguna de las dos puntas salió perdiendo. Habrá que ver qué alquimia va intentar el Gobierno Nacional para conservar el apoyo de sus aliados ganaderos y el favoritismo del ciudadano de a pie que en el 51% de los casos le dio carta blanca al proyecto.