Un cambio climático positivo también es posible y está ocurriendo en el Neguev

Por Javier Preciado Patiño

Siempre me pregunté qué se podía hacer para revertir la desertificación o lo que es lo mismo, para mejorar la habitabilidad de nuestro planeta. Hoy me entero que ya hubo quién lo pensó y lo que es más importante, lo hizo posible.

En los años sesenta, Yosef Weitz soñó con hacer florecer el desierto del Neguev, que ocupa unos 13.000 km cuadrados, lo que representa más de la mitad de la superficie de Israel. A pesar de las críticas, concretó su sueño al impulsar la forestación de 30 km cuadrados en el borde septentrional de ese desierto, sobre las laderas del monte Hebrón.

Ese sueño se convirtió en la superficie boscosa implantada más grande de Israel y con el tiempo resultó ser un modelo agroecológico de estudio, ya que en un área donde llueven menos de 300 milímetros por año, se ha logrado establecer una masa forestal que cambió por completo el ambiente.

Lo más impactante es que el Bosque Yatir (tal es su nombre), gracias al trabajo de investigadores del Instituto Weizmann de Ciencias, entre otras organizaciones, ha demostrado que es posible cambiar el clima en un sentido favorable, en un momento en el que mundo trata de ponerse de acuerdo en cómo evitar el aumento de la temperatura por la creciente emisión de gases de efecto invernadero.

Dan Yakir (foto) es uno de los investigadores del Instituto Weizmann que más ha trabajado sobre este bosque, donde se han ubicado estaciones de medición de la NASA. “Si bien es un área demasiado pequeña para medir efectos sobre la temperatura (ambiente) y las lluvias, utilizando modelos basados en las mediciones en Yatir y proyectándolas sobre áreas más extensas podemos ver grandes efectos sobre la temperatura (bajándola) y las lluvias (incrementándolas)”, sostiene Yakir en respuesta a mi mail.

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Profesor Dan Yakir, el Instituto Weizmann de Ciencias

Pero ¿cuál sería la superficie mínima a partir de la cual podríamos empezar a observar un cambio climático positivo? Yakir sostiene que no hay establecida un área mínima que podría revertir la tendencia; sin embargo los modelos con los que opera se basan en millones de hectáreas. “Hay que pensar en multiplicar por mil o más el área de Yatir“, sostiene.

Sin embargo, los hallazgos en esta región al norte del Neguev son relevantes. El sitio de Keren Karemeth LeIsrael (KKL), una institución centenaria fuertemente comprometida con la agricultura y la forestación, sostiene que en el Bosque Yatir se ha medido el secuestro de entre 2,3 y 3,5 toneladas de carbono por hectárea y por año. En un plazo de 70 a cien años cada árbol representa el sumidero de hasta 800 kilogramos de carbono.

El profesor Yakir lo pone en palabras muy sencillas en su mail: “Lo destacable es que un bosque implantado en el límite del desierto puede secuestrar carbono como lo haría un bosque templado, y resulta exitoso más allá de los límites de lluvia que predicen los expertos en forestación”, explica.

Es que los investigadores encontraron que este bosque es mucho más eficiente en la captación del dióxido atmosférico. Por otra parte, durante la época calurosa y seca su actividad disminuye, bajando la tasa de respiración y perdiendo menos carbono. Por el contrario en épocas de lluvia y tiempo fresco su actividad fotosintética se incrementa, lo que mejora la tasa neta de intercambio.

Lo cierto es que las imágenes hablan por sí mismas. En un ambiente donde a duras penas crece una vegetación xerófita, se despliega un bosque que alberga biodiversidad, que mejora el ambiente para los habitantes locales, les provee de un espacio de recreación, brinda madera para sus hogares, protege el suelo de la erosión y mejora la captación del agua de lluvia, al punto que un reservorio abastece el riego de los viñedos que se han instalado.

Muchos dicen que el viaje más largo empieza con el primer paso. En este caso podemos decir que la lucha contra el calentamiento global, sea responsabilidad del hombre o no, empieza con un nuevo árbol plantado.